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Hay decisiones que cambian la historia del rock, y hay decisiones que la historia del rock cambió después. En 1985, Yngwie Malmsteen estaba en la cima de su primera gran ola: su banda solista giraba sin parar, su nombre era sinónimo de la guitarra más rápida y precisa del planeta, y en el público de sus shows había un espectador muy especial que volvía noche tras noche. Ese espectador era David Lee Roth, recién salido de Van Halen, y lo que quería era simple: que Malmsteen fuera el guitarrista de su nueva banda.
Malmsteen dijo que no. Y cuarenta años después, en una entrevista con Eon Music, recogida por Rock Celebrities, el guitarrista sueco admitió algo que pocos hubieran esperado de él: que probablemente debería haber aceptado.
La oferta en plena gira
El contexto era el de un terremoto en el rock estadounidense. Roth había dejado Van Halen en 1985, después de seis discos de estudio que habían convertido a la banda en la más grande de Estados Unidos, y se disponía a armar su propio grupo. El desafío era enorme: necesitaba un guitarrista capaz de pararse al lado de su nombre sin que todo el mundo lo comparara con Eddie Van Halen. O mejor dicho: necesitaba al guitarrista más caliente del momento.
Y ese guitarrista, en 1985, era Malmsteen. El sueco giraba con su banda solista y llevaba como teloneros a Talas, la banda del bajista Billy Sheehan. Roth se aparecía en los shows todo el tiempo. Según contó Malmsteen, el cantante lo buscó y le planteó que juntos podían hacer algo grande. El sueco no ocultó su admiración: le dijo que era un tipo increíble y que los discos de Van Halen con él eran realmente buenos.
La oferta estaba sobre la mesa. El puesto era el más codiciado de la guitarra rockera de la época. Y Malmsteen lo rechazó.
“Gracias, pero no gracias”
La respuesta del guitarrista fue tan cortés como terminante: gracias, pero no gracias. Estoy honrado, pero estoy en racha. Así lo recordó él mismo, entre risas, como quien admite que la racha era real… pero no tanto. Tenía 22 años, venía de lanzar Rising Force (1984), el disco que había inventado el metal neoclásico, y su segundo álbum, Marching Out, había llegado al puesto 52 del Billboard 200 en 1985. Estaba tocando más de cien conciertos en un solo año. La sensación de que su momento era ahora, y de que no necesitaba a nadie, era comprensible.
Pero el tiempo tiene una forma curiosa de reordenar las certezas. Cuatro décadas después, Malmsteen miró hacia atrás y dijo la frase que da título a esta historia: probablemente debería haberlo hecho. No con amargura, sino con la honestidad de quien sabe que algunas puertas, una vez cerradas, no vuelven a abrirse. El arrepentimiento no es dramático: es el de un músico que entiende, con la perspectiva de los años, que aquella alianza podría haber sido algo especial.
La amistad que quedó
Lo que hace grande esta historia es lo que pasó después del “no”. Malmsteen y Roth no se pelearon, no se distanciaron, no convirtieron el rechazo en un rencor de décadas. Al contrario: quedaron en términos amistosos. El cantante, con su experiencia de estrella de estadios y su instinto de showman, le daba consejos al joven sueco sobre cómo manejar a la prensa. Malmsteen lo describió como un tipo muy, muy inteligente. Y cuando Roth finalmente consiguió a su guitarrista, el sueco lo celebró: consiguió a Steve, dijo, y todo salió bien.
Esa generosidad dice mucho de los dos. Roth no tomó el rechazo como una ofensa. Malmsteen no tomó el éxito de la banda que rechazó como una afrenta. En un negocio famoso por los egos heridos, los dos salieron de aquella encrucijada con la relación intacta.

El hombre que sí dijo que sí
El guitarrista que finalmente ocupó el puesto fue Steve Vai, y su historia está entrelazada con la de Malmsteen de una manera casi novelesca. Vai venía de ser el “guitarrista de acrobacias” de Frank Zappa, un puesto que exigía leer partituras imposibles y tocarlas en el acto. En 1984, había reemplazado al propio Malmsteen en Alcatrazz, la banda de Graham Bonnet, y había grabado con ellos Disturbing the Peace (1985). Un año después, Roth lo llamó para su banda, con Sheehan en el bajo —que también había dejado Talas— y Gregg Bissonette en la batería.
El resultado fue Eat ‘Em and Smile, lanzado el 7 de julio de 1986, uno de los discos de hard rock más técnicos y celebrados de la década. Su primer single, “Yankee Rose”, llegó al puesto 16 del Billboard Hot 100, y el video mostró al mundo algo que nadie había visto: una guitarra que “hablaba”, que dialogaba con la voz de Roth como si fuera otro cantante. Vai no intentó sonar como Eddie Van Halen: creó su propio vocabulario, y eso fue exactamente lo que la banda necesitaba. Después vendría Skyscraper (1988), y Vai seguiría hacia Whitesnake, su carrera solista y tres premios Grammy.
La ironía es perfecta: el hombre que reemplazó a Malmsteen en Alcatrazz terminó ocupando también el puesto que Malmsteen había rechazado en la banda de Roth. Dos veces, el destino puso a Vai donde el sueco había estado primero. Y dos veces, Vai convirtió la oportunidad en leyenda.

El patrón de decir que no
Lo más fascinante de la entrevista con Eon Music es que la oferta de Roth no fue un episodio aislado: fue parte de un patrón. Malmsteen contó que, desde que envió una cinta demo a la revista Guitar Player —en la que tocaba él mismo la batería, el bajo, los teclados, la guitarra y cantaba—, las llamadas de las grandes bandas no pararon. Tenía 18 años, seguía en Suecia, y de repente lo llamaban de todos lados.
La lista de ofertas que rechazó parece un salón de la fama alternativo. Ozzy Osbourne se interesó en él justo después de la muerte de Randy Rhoads. KISS lo llamó y le preguntó si medía seis pies de altura; él mide 1,92 metros, más de seis pies, y nunca lo volvieron a llamar. Phil Mogg, de UFO, también lo cortejó. Y el mismo día en que le ofrecieron unirse a UFO, lo contactaron para lo que terminaría siendo Alcatrazz. Eligió Alcatrazz porque quería escribir canciones en lugar de meterse en el proyecto de otro.
El hilo conductor es claro: Malmsteen siempre prefirió ser el dueño de su música antes que el empleado brillante de la banda de otro. Esa independencia le costó oportunidades enormes, pero también le dio algo que ningún puesto de guitarrista contratado le hubiera dado: un imperio propio.
El camino que eligió
Y vaya si el camino propio rindió. Después de rechazar a Roth, Malmsteen construyó una carrera solista de más de 20 álbumes de estudio y se convirtió en el padre del metal neoclásico, el guitarrista que llevó a Bach y Paganini al escenario del heavy metal. Rising Force ganó el premio a Mejor Álbum de Rock de Guitar Player y fue nominado al Grammy. Su estilo —velocidad sobrehumana, precisión clásica, Stratocaster blanca y una actitud de rockstar total— se convirtió en la plantilla de generaciones enteras de shredders.
¿Habría sido más grande con Roth? Imposible saberlo. Lo que sí se puede decir es que la decisión lo definió: Malmsteen no quería ser el guitarrista de nadie. Quería ser Malmsteen. Y lo fue, con todo lo que eso implica: las luces, las sombras, los discos, las polémicas y una influencia que ningún guitarrista de sesión podría haber alcanzado.
El “qué hubiera pasado si…”
La historia del rock está llena de “qué hubiera pasado si”. ¿Qué hubiera pasado si Malmsteen aceptaba y grababa Eat ‘Em and Smile en lugar de Vai? ¿Habría sonado “Yankee Rose” con arpegios barrocos en lugar de la guitarra parlante de Vai? ¿Habría durado la sociedad entre dos egos tan grandes? ¿Y qué habría sido de Vai sin el trampolín de la banda de Roth?
Son preguntas sin respuesta, y quizás por eso son tan irresistibles. Lo cierto es que todo salió bien para todos: Roth tuvo su banda legendaria, Vai tuvo su lanzamiento al estrellato, Sheehan tuvo su consagración, y Malmsteen tuvo su imperio. El “no” de 1985 no arruinó ninguna carrera: simplemente las ordenó de otra manera.
Pero queda la frase, flotando cuarenta años después, con la honestidad brutal que solo da el tiempo: probablemente debería haberlo hecho. No es un lamento. Es el reconocimiento de que, a veces, incluso las decisiones correctas dejan una pequeña pregunta sin responder. Y en esa pregunta —en ese “qué hubiera sido”— vive una de las historias más humanas del rock: la de un genio de 22 años que creyó que estaba en racha, y que cuarenta años después admite, con una sonrisa, que quizás la racha era todavía mejor de lo que pensaba.
WOX TV, woxtv.net



